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Hasta donde mis conocimientos llegan al respecto, esta debe ser la primera vez que un rabino prologa un texto que compila los pensamientos de un sacerdote católico, en dos mil años de historia. Hecho que adquiere más relevancia aun cuando dicho sacerdote es el arzobispo de Buenos Aires, primado de la Argentina y cardenal consagrado por Juan Pablo II.
La misma frase con que se inician estas reflexiones, pero intercambiando el orden de los nombres y sus respectivos títulos, la he manifestado en ocasión de la presentación de un libro de mi autoría, en el 2006, prologado por el cardenal Bergoglio. No se trata de una devolución de gentilezas, sino de un sincero y exacto testimonio de un profundo diálogo entre dos amigos para quienes la búsqueda de Dios y de la dimensión de espiritualidad que sabe yacer en todo humano, fue y es una preocupación constante en sus vidas.
El diálogo interreligioso, materia que adquirió especial relevancia a partir del Concilio Vaticano II, suele comenzar con una etapa de ‘té y simpatía’, para pasar luego a la del diálogo que sabe acercar a ‘los temas ríspidos’. Con Bergoglio no hubo etapas. El acercamiento comenzó con un intercambio de ácidas chanzas acerca de los equipos de fútbol con los que simpatizamos, para pasar inmediatamente a la franqueza del diálogo que sabe de la sinceridad y el respeto. Cada uno le expresaba al otro su visión particular acerca de los múltiples temas que conforman la existencia. No hubo cálculos ni eufemismos, sino conceptos claros, directos. El uno abrió su corazón al otro, tal como define el Midrash a la verdadera amistad (Sifrei Devarim, Piska 305). Podemos disentir, pero siempre el uno se esfuerza por comprender el profundo sentir y pensar del otro. Y con todo aquello que emerge de nuestros valores comunes, los que surgen de los textos proféticos, hay un compromiso que supo plasmarse en múltiples acciones. Más allá de las interpretaciones y críticas que otros pudiesen hacer, caminamos juntos con nuestra verdad, con la compartida convicción que los círculos viciosos que degradan la condición humana pueden ser quebrados. Con la fe que el rumbo de la historia puede y debe ser trocado, que la visión bíblica de un mundo redimido, avizorado por los profetas, no es una mera utopía, sino una realidad alcanzable. Que sólo hace falta de gente comprometida para materializarla.

En nuestros días, llamamos ciencia a aquellas que se apoyan en comprobaciones empíricas, es decir, en la experiencia de un laboratorio, por ejemplo. La frase “lo he demostrado científicamente” nos refiere a que se realizó una prueba con elementos que corroboraron fácticamente la hipótesis en cuestión.
El problema es que, desde esta perspectiva, el campo de las ciencias quedaría enormemente reducido. Por ejemplo: ¿qué pasaría con la historia que se basa en testimonios humanos? No podemos probar la existencia de José de San Martín si no tenemos videos, fotos o a él mismo delante nuestro. ¿Qué sucedería con la filosofía que trata de elementos supersensibles, metafísicos? ¿Qué pasaría cuando hablamos del alma del hombre si nadie vio un alma en un tubo de ensayo? ¿Cómo hablar de Dios si no lo podemos ver, medir o pesar? En definitiva, las ciencias cuyo objeto no es mensurable quedarían fuera de esta definición y, por consiguiente, también la Teología.
De acuerdo a esto, la Teología es, entonces, una ciencia en el sentido que Aristóteles le daba: “el conocimiento de una cosa por sus propias causas”. En este sentido hay ciencia cuando se da un proceso de lo conocido a lo desconocido, de la evidencia de los principios, a través de la demostración, hasta las conclusiones. Esta definición aristotélica es mucho más amplia y abarcativa. Por lo tanto, la ciencia procede desde sus principios evidentes, y en esto nos detendremos un momento.

 

Una señal de la gran vitalidad de las iglesias protestantes en América Latina hoy es el desarrollo, en su seno, de un nuevo movimiento misionero. Por primera vez en la historia, un número creciente de estas iglesias está cooperando en la formación de sociedades misioneras interdenominacionales y enviando misioneros a muchos lugares de ultramar, especialmente a África, Asia y Europa. Muchas instituciones teológicas están añadiendo cursos sobre misionología a su currículo, y el tema de las misiones a ultramar se ha constituido en parte de la agenda de consultas locales, nacionales e internacionales en muchas partes del continente. Las “misiones transculturales” son ahora un elemento integral de la vida de la Iglesia en América Latina.
Por otra parte, hay muy poca reflexión misionológica. La mayor parte de la literatura que se usa en los cursos y encuentros sobre la misión ha sido traducida del inglés y generalmente se caracteriza por su pragmatismo. La única excepción a esto es la investigación y producción misionológicas que han estado desarrollándose en el seno de la Fraternidad Teológica Latinoamericana (FTL), especialmente en el campo de la historia eclesiástica. En busca de sus raíces, varios estudiosos evangélicos han estado investigando diferentes aspectos de la historia del movimiento misionero protestante proveniente de Europa y Estados Unidos desde el siglo pasado. Sus esfuerzos han dado como resultado un número creciente de publicaciones que están desbrozando el terreno para la investigación misionológica.

Los autores y autoras de ese libro tratan de explorar una vinculación entre el testimonio bíblico que marca nuestra fe y la realidad histórica que vivimos los caribeños y latinoamericanos. Como cristianos y cristianas partimos de la fe que nace de la visión graciosa de Dios hacia sus criaturas. “Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte.” (Efesios 2.8).
Desde la gracia de Dios, este libro busca desafiar la reflexión hacia una práctica que trabaje en nosotros y nosotras una visión justificadora que conecte la muerte y resurrección de Jesucristo. Que partiendo de la misericordia de Dios, conozca y reconozca el pecado estructural inserto en la vida de nuestra región, así como la complicidad de todos y todas en tan horrible realidad. Se trata de buscar una espiritualidad solidaria y misericordiosa que se mueva hacia acciones redentoras, que contribuyan hacia una nueva humanidad más solidaria y misericordiosa. La ética cristiana desde la Gracia de Dios nos dice que el Espíritu Santo es dado con la finalidad de capacitar y dinamizar a los y las creyentes para que repitan la vida y acciones de Dios en Jesucristo en medio de sus culturas y comunidades. Así, les dejo delante de 10 autores y autoras que nos quieren ayudar con su reflexión, acerca de las exigencias que trae la Gracia de Dios para nuestro contexto eclesial, político, social, educacional y delante de los nuevos desafíos como la bioética.

 

Decía J. A. Pagola en una entrevista concedida al Diario Vasco (16-10-07) que a él le interesa Jesús porque es el hombre compasivo, que se acerca a los últimos, que busca la dignidad de la mujer. “Los rasgos más importantes de su perfil retratan a un hombre compasivo, un defensor de los últimos, que se interesó sobre todo por la salud de la gente (algunos dicen que fue un terapeuta religioso), y que frente a una visión legalista introduce la compasión como criterio de actuación”.
Esta es la búsqueda que hace Pagola de Jesús. A la verdad, que se trata de una obra ambiciosa, que conoce a la perfección el ambiente cultural, económico y religioso de la época de Jesús. No se puede negar que el autor en este sentido posee una enrome erudición. Su lenguaje es directo y sugerente. Su método le lleva a rehacer la experiencia de aquel mundo en el que vivía Jesús y a comunicarnos la experiencia misma que Jesús vivió. Jesús era un profeta itinerante que atrae por la fuerza de su persona y la originalidad de su mensaje. Y así trata de recuperar a Jesús en su atractivo personal. Dice en la misma entrevista mencionada que “una predicación que subraye lo doctrinal de una manera fría y encierre a Jesús en una doctrina muy sublime pero muy abstracta, impide llegar hasta el Jesús concreto. Jesús puede ser muy divinizado, pero entonces se nos queda muy lejos”.
Y esta búsqueda del Jesús real, el único que a él le interesa, le llevará a confesar que “en ningún momento manifiesta Jesús pretensión alguna de ser Dios: ni Jesús ni sus seguidores en vida de él utilizaron el título de "Hijo de Dios" para confesar su condición divina” (379).

Este libro pretende ser, modestamente, una guía actual para la lectura del Nuevo Testamento, una guía que no presupone conocimientos previos y que se dirige tanto al creyente como al no creyente, a aquel que quiere leer solo y al que quiere leer en grupo, al que quiere proseguir la lectura y al que quiere comenzarla. Cada “etapa” de esta guía está dividida en dos:
•    Una presentación general de un libro o de un grupo de libros.
•    Una serie de “itinerarios” que permiten libar en el seno del libro o de los libros.
Según los gustos o los deseos, cada lector puede recorrer el conjunto del Nuevo Testamento o bien detenerse en un libro y estudiarlo de un modo más preciso. Pero, sobre todo, el lector tiene el derecho, e incluso el deber, de ir más allá. Para utilizar bien esta guía, es preciso superarla, discutirla, interrogarla, no aceptar nada de lo que dice sin haberlo verificado en el texto. Una guía está hecha para ser manoseada, anotada, subrayada y, finalmente, abandonada.

 

Tiene el lector en sus manos uno de los libros más representativos de los estudios bíblicos modernos y de la teología contemporánea. En ningún otro lugar se han encontrado y fecundado con semejante fuerza exégesis bíblica, comprensión hermenéutica y formulación sistemática del Nuevo Testamento.
Con esta investigación, Bultmann no sólo ha influido en la inmensa mayoría de los teólogos de las diversas confesiones cristianas, sino que sus conclusiones han marcado un antes y un después en la interpretación de los textos fundacionales del cristianismo.
El éxito de la propuesta de este gran pensador alemán radica en haber logrado actualizar el mensaje del Nuevo Testamento y haber conseguido presentarlo como una posibilidad radical de vida para cualquier ser humano. La obra de Bultmann, a pesar de sus limitaciones, seguirá ofreciendo durante mucho tiempo un punto de referencia obligado para pensadores, exegetas y teólogos.

 

La pregunta por el sentido de la vida es constitutiva del hombre. Los animales no se la plantean porque no necesitan un proyecto ni están obligados a responder creativamente a los retos que plantea la vida. El mecanismo de los instintos basta para la lucha por la supervivencia. Pero esto no ocurre en el hombre, que tiene conocimiento y libertad, superando los esquemas de estímulo y respuesta, que determinan al animal. El hombre tiene que construir un proyecto de vida colectivo, que cristaliza en la cultura y en la educación, y también uno personal. Por una parte, nos apoyamos en el código cultural y, por otra, rompemos con él. Hay una predisposición natural a determinados comportamientos y reciprocidad entre la cultura y la naturaleza. Éste es el marco del primer capítulo de este libro, «Humanizar el animal: cultura y religión».

1. El ser humano a la búsqueda de sentido
La pregunta esencial es cómo vivir la vida con sentido y ser felices. Las búsquedas fundamentales para vivir con plenitud tienen que ver con la evaluación que hacemos sobre lo que es importante o no, con los interrogantes acerca del bien y del mal, para obtener orientación e identidad personal, y con las cuestiones límite sobre el significado de la vida y de la muerte. Queremos vivir una vida que merezca la pena y frecuen temente no sabemos cómo. Esto es especialmente problemático en épocas de transición como la nuestra, en las que se hunden las viejas certezas culturales, con las que han vivido las generaciones anteriores, sin que todavía hayamos alcanzado un código cultural sustitutivo.

El Concilio Vaticano II aprobó, y con alta calificación, una asignatura que tenía pendiente desde hace siglos: El campo de su competencia. Su autoridad deriva de que ella nos ofrece la palabra de Dios. Palabra de Dios y espíritu de Dios son los dos conceptos sobre los que gira la Biblia en cuanto sagrada Escritura. Son también los dos conceptos que expresan el desdoblamiento de Dios en su revelación personal. La Biblia es la revelación de Dios en la palabra y el espíritu.
Este aspecto de la Biblia y esta definición de la misma en los términos que preceden no es detectable ni verificable por los métodos que conducen a su conocimiento en el nivel literario. En la frase citada de Pablo surgió el término “creyente”: “Es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree” (Rm 1,16). Lo que ahora estamos diciendo de la Biblia tiene sentido única- mente en el ámbito de la fe. En este ámbito se da sin duda una “compresión”, pero no está disponible en los conceptos; es inseparable de la vida misma de quienes saben de la realidad metahistórica presente y presenciándose en la realidad histórica del mundo, es decir, de la vida de la fe de los creyentes.

 

Hablar de la autoridad de la Biblia es pisar en un terreno accidentado. Está cubierto de piedras de tropiezo, desniveles, huecos. Puede provocar caídas. El tema es polémico. No es que la autoridad de la Biblia sea cuestionada. En la cristiandad, o sea en el conjunto de las Iglesias y de las personas cristianas en el mundo, la Biblia ejerce la indiscutible función de Sagrada Escritura. En esto hay una nimiedad. El disenso aparece tan pronto se piden explicaciones sobre el significado y las aplicaciones de esa autoridad. Las formas de entender la varían. No es raro que aparezca el conflicto y se produzcan divisiones. El tema exige la discusión y la búsqueda de consenso.
La tarea es impostergable, la Biblia está sien do usada. No puede haber moratoria bíblica en la cristiandad. Cabe a la Iglesia de Jesucristo la responsabilidad por el uso consecuente de ese libro y a la resistencia contra el abuso. La Biblia es un don a ser administrado con el debido celo. Por lo tan to importa conocer la Biblia y auscultar sus propósitos. ¿En qué consiste su naturaleza sagrada? ¿Es o no palabra de Dios? ¿Cómo leer la Biblia correctamente? La cristiandad debe dar respuesta y justificar su discurso.

 

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